Cerámica Negra de Llamas del Mouro, 
Artesanía en estado puro...

COMO SE HACE NUESTRA ALFARERÍA

La correcta elección del barro es fundamental. Se utilizan dos tipos de barro, el claro, que se deja reposar en agua, y el «colorao», que es necesario triturar con esmero antes de la mezcla. Una vez amasados, se configuran las "pellas", bolas de barro de un tamaño adecuado para su posterior trabajo en el torno. En el torno de pie se da forma a las piezas: las de siempre y las que propone el mercado actual. El modelo tradicional más apreciado es el cántaro o xarro del agua, que requiere de una mayor elaboración, por las cuatro veces que se debe trabajar en el torno. Otras de las muchas piezas que se realizan son la olla, la feridera, recipiente para hacer mantequilla, el porrón, la escudiella, cuenco que se usaba para comer, el vedriu, barriles, queseras, caveros o jarra para el vino, pucheros, aceiteras...Ceniceros, juegos de café, palmatorias... son ahora objeto de esta artesanía que recoge sus orígenes para integrarse en las nuevas tendencias de la alfarería. se colocan los «tapines», trozos de tierra con hierba, con la hierba hacia afuera. A medida que se realiza la cocción, hay que “tabasar”, reponer los tapines que se van consumiendo. Se debe atizar el fuego con maestría, de forma que las llamas salgan por la única abertura del horno. La mezcla de las leñas también es muy importante. Se utilizan uces, raíces de piorno y otras leñas naturales de la zona, que, en general aporten muchas calorías como cepas secas de brezo o roble. El admirado color negro final, de brillo espectacular, se consigue tapando el único agujero que queda en el horno, después de cerrarlo Una vez moldeadas y ligeramente endurecidas al sol, se bruñen las piezas con una «piedra de mar», con la que también se dibujan los sencillos motivos decorativos característicos, a base de líneas paralelas o círculos. En ocasiones, se realizan incisiones con el punzón, para obtener los típicos punteados o rasgados. Una vez metidas las piezas en el horno, apiladas casi hasta la altura del único agujero central de la chimenea, se cubren con trozos de vasijas. Encima de ellas, bien para que «no respire» y quede el fuego atrapado con las piezas, consiguiendo una atmósfera reductora. El humo ahogado en el horno, penetra por todos los poros del barro y se vuelve negro.